BENDICEME CON TU CASTIGAR

Porque vestías tantos anillos era imposible el acariciarte,

hacer nada por ser nada sin ni siquiera rozar

el escaso bello en un cuerpo indiscreto.

Anillos de planicie para repetir el mismo cortejo ceñido,

de cabellos quebrados y precintos preciosos.

Desbocan nuevamente los caballos desahuciados

una vez extintos en antiguos continentes,

para que sigas ofreciéndome en silencio una sospecha,

siguas cavando hondo por salvar tu rostro huidizo

a salvar mi lucha labrada.

Sigue siendo de este laberinto la anguila del cuerpo latente,

para detenerse en la justa línea proscrita donde insaciable

mirar tu frío lácteo de madrugada.

 

Conocer al calor destruye el magnetismo propio de los imanes

y aún así mis tendones aúllan por tal acercamiento

como el anticuerpo dormido de un plácido enfermo.

Te pudres en mi boca carbonizando tus gestos,

dulce aroma que realza

la dulce ruina de todos los presos.

 

Ládrame al oído suaves venenos,

pues si tuviese una espada dormida

dormiría en silencio

de montañas tan altas

que su cima es desierto.

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