EL ESPOSO

CANTADE       HOMES

o abrente benzóavos se xemedes de amor

Xavier Seoane

La madre que sabe preñar hogueras y esperar al incendio, aunque terqueé el torrente como epiléptico, aunque la boca se nos llene de algas y no llegue nunca el fuego.

Ariadna Vásquez

Yo era un gramo de humanidad con piel de escarabajo,

irisado sobre mis piernas crecía el musgo de los desheredados

y cientos de finas luces emergían desde mis pisadas

para evaporarse instantáneamente en su efervescencia,

las ramas de los árboles se combaban para hacerme reír

y las jóvenes bestias ungían mi frente con los cálidos estigmas

que portaban en su vientre,

yo sediento y marchito avanzando por años,

y entonces era un resto de carne con piel de cristal

y mis venas traslúcidas no podían ocultar ya líquidos tan sacros.

Mi vida ya no vale nada, mi aliento se deshace en vosotros,

entonces observaba como una legión de luciérnagas

emprendían vuelo para jamás volver,

bailando alegres para su extinción sanadora,

alejándose de esta pradera tan pintada de verde.

La vi tejiendo maldades bajo un techo vegetal en su cuerpo encorvado,

en su malicia para maldecir todo progreso brillaban sus labios,

suculentos y besables se mostraban sus labios cuando susurraba

en contra del ensimismamiento, contraria a los espejos negros,

conjurando contra el deseo de ser explotados en vida.

La bendición del regreso corría por sus largas manos,

en sus largas uñas se sublimaba, un poco de queso verde para calmar la sed

y ahí en su guarida me hice su esposo, fiel y frío hasta la muerte del nosotros,

cálido para morder las dentelladas latentes de la injuria,

rápido para esconderme como el tejón frente a la estirpe lobotomizada.

Mi ira está tranquila sabiendo que ella conserva su poder,

las visitas vienen y bebemos vino, cantamos sanos,

nos fumamos la sangre del ababol en su santa compañía,

fumamos el aire mismo para hacerlo más cálido en invierno

y mientras, mi pulso se colma de latidos aguardando el desmoronamiento,

mientras enveneno un pequeño riego de jardines,

tubérculos para saciar el hambre, flores espinadas para las ofrendadas,

ofrendas para los adscritos, su muerte embellecida,

bacanales de ladridos que no servirán para morder

pero sí para despertar el rostro nocturno de algún vientre salvaje,

los ojos de ciertos lobos, las caderas de ciertas madres,

marchitaremos nuestras manos para que brillen más nuestros ojos,

para que la delicadeza arrebatada nos sea devuelta yo soy el fiel esposo.

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