EL CRIADOR

He criado unos pájaros iridiscentes en su negrura,

con el efecto de la gasolina masajeado sus plumas

y el coraje de sus garras vertiéndose caldoso sobre mi tutela.

No usan la jaula, no cantan mas allá del graznido,

vuelan en torno a mí protectores y herméticos,

despliegan sus alas de murciélago en el cielo claro

y todo lo vuelven sincero, brutal desde su escasez.

Yo cazo pequeños ratones en forma de serpiente,

de colores anaranjados y vientres verdosos se los ofrezco,

les preparo también papillas de jugos concentrados

y alpiste salvaje, los unto de sebo en las noches de invierno

para protegerlos del frío inclemente, en esta taiga violenta

yo igualmente me unto, bajo la misma luz tenue que tiñe el invierno.

Estar preocupado por sus vuelos colma mis días, abre mis vías respiratorias,

paseo con ellos al acecho respirando el aire dulce de las piedras sedosas,

de las pequeñas presas les marco su posición disonante y

los jaleo mientras clavan sus picados sobre las hierbas peinadas

de blanco, mientras elevan su vuelo de sangre alzando a la presa.

Un día, de madrugada, las altas horas de la saliva

en sus picos se volvió dorada

y en otra ocasión, después de un lento regreso,

las puntas de sus plumas se hicieron de espejo

y me reflejé troceado sobre sus lomos de plata

hoy, que estamos al cobijo del techo cargado de polvo,

calmando nuestra ira en la lluvia constante,

el cobre ha aparecido supurando en sus uñas

y yo me maldigo por ser tan necio para comprenderlos

y bendigo la inocencia de cada vuelo que fue suyo.

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EL ESPOSO

CANTADE       HOMES

o abrente benzóavos se xemedes de amor

Xavier Seoane

La madre que sabe preñar hogueras y esperar al incendio, aunque terqueé el torrente como epiléptico, aunque la boca se nos llene de algas y no llegue nunca el fuego.

Ariadna Vásquez

Yo era un gramo de humanidad con piel de escarabajo,

irisado sobre mis piernas crecía el musgo de los desheredados

y cientos de finas luces emergían desde mis pisadas

para evaporarse instantáneamente en su efervescencia,

las ramas de los árboles se combaban para hacerme reír

y las jóvenes bestias ungían mi frente con los cálidos estigmas

que portaban en su vientre,

yo sediento y marchito avanzando por años,

y entonces era un resto de carne con piel de cristal

y mis venas traslúcidas no podían ocultar ya líquidos tan sacros.

Mi vida ya no vale nada, mi aliento se deshace en vosotros,

entonces observaba como una legión de luciérnagas

emprendían vuelo para jamás volver,

bailando alegres para su extinción sanadora,

alejándose de esta pradera tan pintada de verde.

La vi tejiendo maldades bajo un techo vegetal en su cuerpo encorvado,

en su malicia para maldecir todo progreso brillaban sus labios,

suculentos y besables se mostraban sus labios cuando susurraba

en contra del ensimismamiento, contraria a los espejos negros,

conjurando contra el deseo de ser explotados en vida.

La bendición del regreso corría por sus largas manos,

en sus largas uñas se sublimaba, un poco de queso verde para calmar la sed

y ahí en su guarida me hice su esposo, fiel y frío hasta la muerte del nosotros,

cálido para morder las dentelladas latentes de la injuria,

rápido para esconderme como el tejón frente a la estirpe lobotomizada.

Mi ira está tranquila sabiendo que ella conserva su poder,

las visitas vienen y bebemos vino, cantamos sanos,

nos fumamos la sangre del ababol en su santa compañía,

fumamos el aire mismo para hacerlo más cálido en invierno

y mientras, mi pulso se colma de latidos aguardando el desmoronamiento,

mientras enveneno un pequeño riego de jardines,

tubérculos para saciar el hambre, flores espinadas para las ofrendadas,

ofrendas para los adscritos, su muerte embellecida,

bacanales de ladridos que no servirán para morder

pero sí para despertar el rostro nocturno de algún vientre salvaje,

los ojos de ciertos lobos, las caderas de ciertas madres,

marchitaremos nuestras manos para que brillen más nuestros ojos,

para que la delicadeza arrebatada nos sea devuelta yo soy el fiel esposo.

EL DIFUNTO

«Todas las hojas son del viento,

porque las mueve hasta en la muerte…»

Luis Alberto Spinetta

 

Ya soy el difunto ahora que he perdido la sangre y

mi cuerpo no justifica la desaparición al ocultarse,

no prueba el delito porque su sabor es áspero

y yo solamente un difunto más, desdentado y sin aliento,

amante en mis harapos de carne, hediento junto a mis iguales,

clamando por obedecer una nueva necesidad áspera

metiéndose de lleno en mi intestino mientras paseo desnudo

dentro de un ataúd vacío, parco en la superficie salvo por las flores,

demasiado mullido es su interior.

Mi cuerpo aún no se ha presentado ante las saladas plañideras

pero ya desfilo en procesión, hediento junto a mis iguales,

me he embriagado durmiendo hasta la muerte

y luego al renacer me ha sudado el cansancio,

deslizándose gota a gota tan lento por mi costado

como rápido se despiden mis huesos de la carne.

 

Ostento el sueño momificado a mi cintura,

encuentro la vorágine leonina seduciéndome tras los zarpazos,

la totalidad escondida tras los zarzales maullando a mi encuentro,

contoneos leves avanzando sábanas sucias y mantas subacuáticas

para abrazar a la enfermedad,

he escuchado las tiernas y delicadas recomendaciones

para que nuestros suelos comunes se muestren lustrados

pero sigo sin pulso constante, pues nunca hubo latido aprendido.

Antes de mostrarme caduco sobre las hojas del viento,

perecedero en su locura airada y en sus círculos aéreos,

paseado en esencia dentro de este ataúd vacío,

parco y mullido me consumo aún más vivo y me preparo de nuevo,

de la boca al beso alargo mis miembros codiciando el latido caliente,

pues ahora ya soy el difunto y nunca he vuelto a nacer.