MIS HEREDEROS

(por los lebreles de Antonio Rey)

 

¡Con pedazos de mi carne, palpitantes,

a esos canes monstruosos alimento!

 

ANTONIO REY SOTO.

 

Ahogo a mis cautivos dentro de una impía tina,

los mantengo bajo el agua, justo al límite, salivando,

los subrayo cuando el aliento se deforma imperioso

y las venas se asfixian en cada mojada.

Después los seco cuidadosamente al sol del invierno,

con esmero desnudos y en fila famélicos,

jugando con el hielo ensordecedor y las cortantes brisas

los muelo a palos desde el establo al recibidor,

los unjo de espasmos y nuevamente al establo

buscando la sangre de sus rodillas,

sembrando el odio mutuo y la sal en la herida,

y la herida en la piel,

y la piel como límite.

Trozos de mi propia carne para custodiar su venganza

son su vorágine,

los alimento de mi sangre latiente desde mi sol quemante

y los cruzo de nuevo, los obligo a copular salvajemente

y sus vástagos no me estiman y su estirpe me degrada,

así crece mi manada y mantengo mi mansión

a salvo de su penuria.

 

La mesilla al lado del lecho,

el cajón de llaves cerrado,

ahí es donde guardo los frascos que silban todas las canciones,

los que subrayan nuestro castigo compartido

y mantienen su despecho vivo,

insaciable para estar conmigo.

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DIVINA LA ESTOCADA

Lo licuado de tus pantalones levantó en armas toda la calle,

perfectos los gestos por tu cadencia ingobernable,

volutas perfectas por tus incendios nativos

y tus feroces pisadas, los caudillos de tus nudillos,

lo desnudo paseándose sobre tus claros tobillos,

asombro y devoción por tus saltos perfectos en cada segundo

y era por tus cabriolas descarnadas que se gemía al unísono,

en exceso, desencadenando el mal gusto de sus atrofiadas papilas

el desafinado coro se desvestía sobre el bordillo hambriento en cada paso

y con cada latigazo un nuevo condenado.

 

De repente se blandió iluminando con agudas luces la escena

perfecta en el aire secante, espada que hizo el silencio,

los alargados de tu pupilas abiertas brillaron desde la espesura

y decenas de cabezas rodaban al suelo

agradecido y flamante por la sangre volcada.

Cuanta delicia desencadenada.

 

—Me fumé una arrebatadora escena de grande dignidad.